El Presidente de Uganda, un señor cuyo nombre no me voy a molestar en recordar, acaba de firmar, muy ufano él, la ley que condena con penas de cárcel la práctica de la homosexualidad, llegando a la cadena perpetua para los reincidentes.
No sólo afecta a los homosexuales practicantes si no también a sus encubridores, lo que condena a unos a un armario legal, a la vez que inmoral, miserable e inmisericorde, y a los otros a elegir entre la espada de Damocles de resultar perjudicados por saber algo tan natural de sus seres queridos o ser sus delatores.

Además de tratarse de un intolerable ataque contra los derechos humanos, esta medida supone un serio retroceso en la lucha contra el VIH en un país que padece seriamente la pandemia, y que hasta ahora había sido de los más avanzados en sus planteamientos para combatirla dado que la población homosexual previsiblemente se verá abocada a evitar los controles sanitarios necesarios para eludir ponerse en evidencia.

Terrible, verdaderamente. Pero aunque hayamos podido observar como la mayor parte de los medios de comunicación occidentales se muestran abiertamente contrarios a esta medida, no es el caso ugandés único en el mundo.

Millones de personas viven en países con legislaciones que persiguen las prácticas homosexuales, que en algunos casos son condenadas incluso con la muerte. Y sin necesidad de irnos a Irán o Arabia Saudí, todos recordamos la situación actual de los homosexuales en Rusia o, por ejemplo, la dura confrontación que se vivió en un país tan poco sospechoso como Francia en torno a la aprobación del matrimonio igualitario.

Pero, ciertamente, España no es Uganda. El Presidente del Gobierno español utilizó semejante expresión cuando, al poco de llegar a La Moncloa, envió un sms con tal texto a su Ministro de Economía cuando éste negociaba el rescate bancario que pagamos entre todos (menos algunos que evitan pagar impuestos y otros que llevan su dinero a Suiza, por ejemplo): “Aguanta. España no es Uganda”.

Y resulta que, al menos en este campo, no somos comparables. La situación legal (y social) de las personas homosexuales es diametralmente opuesta en ambos países. El avance en derechos que culminó con la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo colocó y aún mantiene a España en la vanguardia, aún cuando el camino no haya concluido.

Ahora bien, tampoco nos cabe sacar demasiado pecho. España despenaliza la homosexualidad en 1979, esto es, hace cuatro días, y el camino hasta la aprobación del matrimonio igualitario ha sido largo, y duro. Sin la lucha de todo un colectivo, de muchas personas sin nombre, sin su compromiso y padecimientos y, como colofón, sin la tozudez de un Presidente de Gobierno (otro, diferente al ya citado), al que se le metió el asunto de la igualdad entre ceja y ceja cuando ni su propio partido estaba del todo convencido, puede que no estuviéramos donde estamos.

Y es que hoy nos gobiernan unos señores que aún no han retirado un recurso de inconstitucionalidad contra esa ley que nos hizo un poco más iguales a todos que no es cosa de broma. Un partido que hace como que se olvida de ese hecho fundamental mientras exhibe a Iñaki Oyarzabal (de momento, que en su tierra parece estar en cuestión), cuenta entre sus filas a la alcaldesa de Madrid, tan aficionada a sus cosas de peras, manzanas y macedonias varias, o al opusino ministro de Interior que acaba de condecorar a la Virgen del Pilar (será por aquello de que esta advocación de María distinguió con su celestial aparición a aquel Santiago Matamoros, me da a mí por pensar), y a tantos otros.

Otros como, por ejemplo, el otrora verso suelto, aquel “pepero progre” que pretendía ser Alberto Ruiz Gallardón, que hoy ya por fin se ha quitado la careta, se ha soltado el pelo y pretende hacernos tragar una ley del aborto que nos hace retroceder treinta años y que si no nos coloca empatados con Uganda, nos deja al nivel de las catoliquísimas Irlanda o Polonia. Un ataque directo a las mujeres, pero un ataque a la libertad de todos intolerable, y que puede suponer sólo un primer paso.

Así que ojito. No nos vaya a suceder aquello de que “primero fueron a por los derechos de las mujeres, pero…” Que España no es Uganda, pero aún no está todo el camino andado, ni mucho menos, y hay quien puede tener la tentación de hacernos retroceder. Qué demonios: hay quien lo está deseando.

Pd: Cuando estoy rematando esta reflexión me entero de que el Banco Mundial ha congelado, a instancias de los congresistas del partido demócrata estadounidense,  una ayuda de chorrocientos millones a Uganda, como medida de presión contra esta ley. Una buena noticia con dos filos. La parte mala es que si los países avanzados cierran estos grifos como protesta, los países perceptores de estas ayudas tornan su mirada hacia China, cuya “preocupación” por los derechos humanos es sobradamente conocido. Aún queda lucha…

Licencia Creative Commons
ESPAÑA NO ES UGANDA por Gossier Magazine, a excepción del contenido de terceros y de que se indique lo contrario, se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Spain Licencia.