Siempre hemos pensado que el animismo, esa teoría que tienen algunas culturas acerca de que ciertos objetos tienen alma, era absurda. Nunca nos ha dado pena comprar una figurilla de porcelana en el rastro y dejar allí sola y abandonada a su pareja si la vendedora de turno no nos ha hecho un precio razonable por las dos. Para nosotros no había vida más allá del mundo animal. Bueno, y del vegetal, claro.

Hasta hace dos semanas, que entramos a trabajar en los míticos estudios Buñuel. A todos os sonara ese nombre ya que allí se han grabado algunos de los programas que han marcado nuestra infancia y adolescencia, en el caso de las más veteranas. El “1,2,3 Responda otra vez”, “¿Qué apostamos?” o el “Grand Prix” se emitieron desde estas instalaciones que deberían haber sido bautizadas con el nombre de Piranesi. Y es que, al igual que en las obras de este artista italiano, en estos estudios es prácticamente imposible encontrar la salida, a no ser que se disponga de un avanzadísimo sentido de la orientación.

Pero lo mágico de este edificio no es poder encontrar la salida, sino el pasado maravilloso que encierra mucho más allá de Mayra Gómez-Kemp y las Tacañonas. Y es que antes de que TVE trasladase aquí gran parte de su producción, estos platós, conocidos como “Estudios Chamartín”, vieron nacer algunas de las películas españolas más importantes de los años cincuenta como “Marcelino pan y vino” o “Muerte de un ciclista” hasta que en 1962 los compró Samuel Bronston. Este productor norteamericano hizo de Madrid un pequeño Hollywood y durante aquellos años desfilaron por estos pasillos estrellas como Rita Hayworth, Sophia Loren, Charlton Heston o Bette Davis. Auténtica realeza de Hollywood.

Para unos cinéfilos como nosotros todos estos datos no han hecho más que alimentar nuestra imaginación, de tal manera que cuando entramos por primera vez a nuestro camerino nos preguntamos ¿sería aquí donde Ana Obregón se secaría las lentejuelas después de ducharse tras perder la apuesta? ¿Ava Gardner pasaría las resacas vagando por estos pasillos? Pasillos que conducen, evidentemente, a nuestro plató, el L-1, que es donde tenemos la suerte de trabajar cada semana en el programa “Alaska y Coronas” poniendo la música. O siendo DJ´s o Anti DJ´s, como queráis llamarlo. El plató, todos lo habréis visto, parece un teatro del off Broadway con sus cortinas de terciopelo, sus butacas y su propio billboard donde se anuncia a bombo y platillo a los invitados que cada día nos acompañan. Pero lo que más llama la atención allí dentro no es el decorado, sino las paredes. Esos ladrillos que se elevan por encima de nuestras cabezas y que nos trasladan a un mundo que ya creíamos que sólo estaba en youtube. Esos ladrillos no son normales. Tienen vida propia, respiran. Os lo podemos asegurar. Son unos supervivientes que han visto como a su alrededor todo se modernizaba, como iban y venían personas y máquinas, mientras ellos permanecían allí a pesar de las mil amenazas de derribo. Son como esponjas que han ido captando imágenes y sensaciones de todos esos grandes rodajes de los que han sido testigos en los últimos cincuenta años.

Por eso, para nosotros, que estamos empezando nuestra aventura delante de las cámaras, es increíble ponernos frente a esos muros cada miércoles. Es como si quisieran contarnos mil historias, mil secretos de todas esas estrellas que han dejado allí parte de sus vidas. Y aunque no se expresan con palabras, os podemos asegurar que, literalmente, es como si las paredes hablasen.

Pepino y Crawford

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