Dicen que cuando un famoso llama a un restaurante da igual que no haya mesas, o que sea el día de San Valentín y todo el mundo se haya puesto de acuerdo para celebrar su amor en el japo de moda, que el maître hará magia borrás y encontrará un hueco para la celebrity de turno y sus acompañantes.

También dicen que a los famosos les prestan la ropa, las joyas y hasta los coches. Incluso hemos llegado a escuchar que también se la regalan. ¡Qué derroche!.

Hemos de confesar que nosotros, que ni de lejos llegamos a la categoría de famosos por mucha Paris Hilton y muchas cosas que nos quieran decir, también hemos experimentado lo que es recibir regalos por que sí, por nuestra cara bonita o por tener algunos miles de seguidores en las redes sociales. Cremas, colonias, sudaderas… lo cierto es que no nos podemos quejar. Nuestro armario se va pareciendo al de Imelda Marcos, pero con muchísimos menos centímetros de tacón.

Visto lo visto, es difícil mantener los pies en la tierra. Qué si eres monísimo, que si eres divino, que si te sigo… lo virtual es una tela de araña muy suave que te va atrapando y encerrando en un mundo ficticio en el que Madonna y Rocío Jurado son las sumas sacerdotisas. Y pobre de aquel que no comparta esa opinión.

Viviendo en Malasaña, esta quimera de mundo que parece salido de los diarios de Warhol pero escritos por Antonio Gala (Madrid no es Barcelona, no lo olvidemos), todo nos parece cercano, bonito, agradable. Conocemos a todo el mundo, saludamos a la gente por la calle, damos los buenos días y las buenas noches. Vamos, que es como un pueblo pero con gorras en vez de boinas.

Pero amigo, la realidad esta a la vuelta de la esquina. Cruzas la Gran Vía y ¡zas, en toda la boca! Reconozcámoslo, no todo el mundo sabe quien es Pitita Ridruejo (y si me apuras tampoco Lana del Rey) y hay personas que sí, piensan que Marta Sánchez está acabada. En definitiva, sales de tu ambiente y te encuentras con algo parecido al Holocausto.

Eso es justo lo que nos ha pasado hoy. Para una vez que vamos a la sección de Informática de la FNAC en vez de a la de Cine y tenemos la mala suerte de que nos toca la típica que no ve más allá de los libros de autoayuda. Vamos, que ni tiene Instagram ni sabe lo que es. Y, evidentemente, si no tiene instagram, no sabe quienes somos… ¡me caigo muerta! Vaya suerte la nuestra, ya podía habernos tocado una fan de Alaska y Mario, que seguro que nos habría tratado de lujo. Pero no.

Comprar el ordenador desde el que os estamos escribiendo ha sido una auténtica odisea gracias a ella, y es que, como diría Saritísima, para casarse y morirse en este país hay que conseguir cuatrocientos ocho mil y un papeles. Hemos comprobado que para que te financien tecnología punta en la FNAC también. He aquí la cuestión señores ¿a un famoso le habría costado lo mismo? Esperemos no tardar mucho en comprobarlo.

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